HURGAR / la herida
Se mira la herida.
Tropezó en los adoquines y ahora su rodilla es una costra, un trozo de piel sin piel, con una textura inmunda, marrón y a veces roja. Una isla de carne dura y muerta, alojada en un lugar llamado rótula.
Una herida seca que ya no soporta; porque no es capaz de olvidarse de ella, de no mirar, de dejar sin más que se cure sola. Por eso aprovecha para tirar de esta arista. De este pellejo podrido que se suelta. Lo levanta con la yema porque no tiene uñas, y un hexágono de costra se despega. Aparece la herida, cruda y blanquecina; y es como abrir la grieta de una pared ya rota. Cuando el escombro que desprendes es escaso y sucio; y contiene más arena que otra cosa. Y entonces hay que volver a intentarlo, porque ya ha comenzado el juego incauto.
Buscar otro contorno que sirva de palanca, otra escama levantada donde un dedo se apoya y escarba. Arrancar la piel limpiamente y que el trozo no se quiebre. No llegar hasta donde haya sangre, o esa carne rosa y dolorosa, que pica, escuece y nos tienta a hurgar más hondo.
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